Normalmente suelo guardar bien el equilibrio y desde que dejé de patinar mis encuentros con el suelo han sido relegados a los momentos “torrija” de fiestas.
Hace unos años que empecé a tener la “costumbre” de caerme cuando llevo unas copas de más. La primera vez fue hace cuatro o cinco años cuando el botellón de fiestas lo haciamos en una cuadra abandonada en las faldas de un monte detrás del restaurante del pueblo. Cansado de recorrer el mismo camino toda la noche, cogí un atajo que era un camino de cabras con una pendiente pronunciada. Salí de la cuadra con mi cubata recién puesto y bajé por la ya mencionada pendiente, el resultado fue que bajé toda el camino con el culo, me levanté rápidamente para que nadie me viese pero me vieron todos mis amigos y se rieron de lo lindo, pero cuando recordamos esa caida solo nos acordamos de que no se me cayó ni una gota del cubata.
Al año siguiente en fiestas de un pueblo cercano, cuando se nos acabaron las bebidas fuí con mi amigo I.F. a por unas litronas y cuando volviamos al frontón para bailar el último escalón se me atragantó y otra vez el resultado fue un piñazo curioso.
Ese mismo verano, en fiestas de mi pueblo, volvimos a la cuadra abandonada para hacer el botellón. Una de las noches me la pasé diciendo ” cuidado con ese agujero que alguien se caerá”, el que se cayó fui yo.
No volví a caerme, que yo recuerde, hasta este verano. Eran fiestas de un pueblo el cual está a 500 metros del mio, pero hay que cruzar un puente, peligro.
Después de una gran noche y muchos copazos, nos hecharon así que enfilé el camino hacia el pueblo con mi amiga M y su cuñada la “chorretones”. Cuando llegamos al puente temí lo peor, pero lo crucé bien lo malo vino después. Ya en la otra orilla me paré para hablar con mis amigas y la tierra se desprendió bajo mis pies. Baje toda la cuesta rodando, ya abajo me sacaron fotos en vez de ayudarme me costó unos 3 intentos subir el monticulo de arena que era de unos 2 metros, pero a mi me pareció el Everest. Después de reirse un buen rato de mi volvimos hacia el pueblo y no se a cual de las dos maravillosas mentes que me acompañaban se le ocurrió que podíamos atajar por el camino de las huertas. El desenlace fue fatal para mi. Como me pare para hacer mis necesidades ellas se adelantaron y al ver que yo no volvía me llamaron y al poco salí de entre unas zarzas y ortigas en las que me había caído.
Todavía me tengo marcas en un brazo de las zarzas.