El fin de semana pasado celebrábamos en mi pueblo una cena en “honor” al patrón del pueblo y como la teníamos que preparar la junta de la Peña pues me fui para allí.
Cuando llegué a mi casa del pueblo hacía un frío de cojones así que enchufe la calefacción y me tumbé en el sofá con el edredón encima y me puse la televisión porque no había ni rata en el pueblo.
Al día siguiente, el día de la cena, tampoco había ni rata, solo estábamos los nativos y los de la junta de la Peña. Después de comer fuimos a tomar un café al bar y luego nos pusimos manos a la obra con la organización.
A la noche la cena fue sobre ruedas, el menú nos quedó bordado, gracias a la madre de mi amiga M y algunas vecinas más que nos ayudaron con parte del menú. Yo me sorprendí bastante porque nada falló. Lo único que casi nos trastoca la velada fue el café de puchero que teníamos que hacer. Primero nadie sabía cuales eran las medidas que había que echar de café y de agua, así que allí fui yo como experto cafetero que soy y me puse manos a la obra. Cuando ya tenía un color decente pregunte por el colador de tela y las miradas de todas me revelaron que no teníamos. Menos mal que McGiver a mi lado es un sinsustancia. Cogí una camiseta de las que vendemos para sacar dinerito para fiestas, la corte, mi amiga M hizo un embudo con una botella de agua y ¡ha funcionar! No terminó ahí la cosa estabamos 3 personas para colar un triste café y como no, nos quemamos y manchamos todos.
Después de unos cuantos juramentos pusimos todos los cafés, que estaban exquisitos, pasamos a los chupitos y luego al bingo, somos muy aficionados al juego en nuestro pueblo. Tras unos cartoncillos dimos por concluida la cena y después de recoger pasamos a lo bueno, los cubatas y la fiesta.
Yo no disfruté a tope la noche porque a la mañana siguiente tenía que volverme a Vitoria para el cumpleaños de mi padre, pero lo pasé bien de barman. El único consuelo que me queda es que dentro de un mes hay otra fiesta en mi pueblo y en esa si que va ha volver ¡ el Perchas!